Selección Dundee de la Mochila
Viaja en Avión.
Cada vez mas me convenzo de que
los Guete son Paraujanos y fundaron a
Campo de la Cruz en la Mochila; son hombres del agua y del seco, tienen su
historia y sus anécdotas bien guardadas como la que les relatare a continuación.
Una de las principales cualidades
de la gente nuestra; de la Mochila en especial, es andar, caminar; eso es por excelencia
parte de nuestra diversidad. Cada vez mas apartados; antes, todos los hijos de cada uno de los camperos,
se conocían. Ahora no; y es por esta razón que la historia de mi pueblo me ha
preocupado y le he dedicado tiempo y espacio en mi existencia. La buena
historia es arrullo de la fraternidad; la herramienta para mejorar el mañana……….
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Antes de la segunda guerra
mundial, los EE.UU de Norte América, ya estaban intranquilos con la presencia
de aviadores alemanes en Colombia; era
un celo por la cercanía con su niño bonito; el Canal de Panamá; esto hizo desaparecer
la SCADTA, Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, y surgió AVIANCA, Aerovías Nacionales de Colombia, con pilotos
gringos. A finales de esos tiempos estaba naciendo en Campo de la Cruz, la
selección Dundee de la Mochila, que viajaría
en avión por primera vez y hasta ahora la única en su estilo; como paradoja del
destino, hacia el Arauca colombiano. Volaron desde la ciudad de Cúcuta a la población llanera capital de Arauca, todos
en el mismo vuelo y contratada la aeronave exclusivamente para ellos, que iban todos con el mismo propósito y la misma disciplina.
Eran once jugadores sin suplentes, porque todos eran titulares de la misma marcación;
los protagonistas eran de reconocida categoría
profesional en el oficio; por eso el privilegio de gastarles tanto en dicha misión,
cargada toda de riesgo tanto en el aire
como en tierra; era una chagua que se jugaba la vida segundo a segundo. Fue una
película que se rompió como los rollos de Ramón Saravia, pero que nunca fue
rechiflada en el cine como las del Teatro San José de Campo de la Cruz; solo,
porque nunca se editó. Fue una aventura
Dundee, que nunca llego a la pantalla grande por falta de visión futurista.
Solo hoy día sirve para secar una botella de ron y pasar placenteramente el
tiempo hablando del ayer joven e
inocente que vivieron nuestros sobrevivientes próceres en una selva húmeda, amazónica; esta proeza y fantástica acción humana, no cubrió en ninguno
de sus flancos, las mas mínimas expectativas
de sobrevivencia y seguridad que se
tienen en cualquier aventura del séptimo
arte; la mayoría de sus miembros están vivos y recordando en silencio el único partido perdido. Es mas divertido
escucharlos que ir al cine. Este
documental solamente lo enlutan; Castillo
quien perdió la vida inesperadamente en Sarria Caracas y el Mono de Carmela
Cueto que se vino a morir en su Campo, según me lo contó mi hermano querido Pedro Antonio Rivera, una mañana de remesa en Chacaíto.
La alineación jerárquica de este grupo se conformo así:
01) Miguel
Antonio Rodríguez. “El Mono de Carmela Cueto”.
02) Manuelito
Guete, “Hijo de Juan Manuel Guete”.
03) Ramón
Suarez.
04) Ángel
Guete Domínguez.
05) Humberto
Saravia Arrieta
06) Elíseo
Guete Domínguez “Castillo”. “
07) Mateo
Saravia Arrieta.
08) José
Rafael Guete Martínez, “José Migue”.
09) Salvador
Guete Martínez, “Chiquito”.
10) Miguel
Antonio Guete Martínez, “El Konko”.
11) Eugenio
Escorcia Pabon.
Todos nacidos en
la década del 35 al 45; forjaron su infancia entre el Poponi, Perico, los Jobitos, Choncho y el
Tienta Jopo; entre la molienda, la yuca, la batata, el melón , la patilla,
el mango y la cañadonga; todo vestido de
maizal. Eran hombres pescao, en su mayoría adiestrados por El Pájaro Verde que
les montó una academia nocturna en la población de Algarrobo porque aún no había
comiquitas. No se sabía de Pedro Pica Piedra ni del Chavo, tampoco de Kliman y Arandú.
Por eso ésta selección no concibe aún la desaparición de Mecho, en su forma; el
finado era otro pescao; hombre de agua. Los cerebros de esta selección eran, Ramón Suarez el numero diez; el mas adelantado
y Ángel Guete Domínguez el numero nueve;
el mas arriesgado. Todos eran nadadores asombrosos, conocedores de perros,
burros y caballos; cazadores de iguana y serpientes, reconocidos y extremadamente
agiles en la carrera. Era un equipo perfecto, capaz de hacer una fiesta ellos
solos y alegrar toda la Mochila con la complicidad del pickup de María Eduarda
Marenco; que en servicio era de ellos; se
prendía cuando llegaban y se apagaba cuando se iban; era un automatismo
biológico, aun no había control remoto
ni chip de control; era una generación
en plena acción y sin régimen. Eran los
finales del año 66 cuando la Mochila sufrió esta ausencia, toda la crema de la
Mochila como dice el Poli; el de Ninfa
Cantillo, estaba de viaje; una aventura
incierta, con mucho riesgo y sin seguro de ninguna categoría. Esta hazaña empezó muchos años antes, cuando Dorina Guete Martínez
conoció a Rafael Mercado de Sitio Nuevo y se esposo con el. Esto fue una acción valerosa por donde se mire; hay que ver
once camperos abordo en una avioneta destartalada; todos mudos y mirándose el
uno al otro, soportando el ruido de dos motores moliendo el aire con sus ciento
noventa caballos de fuerza cada uno en la versión Otter con implementos Havilland
Comet desechado por la Segunda Guerra Mundial,
haciendo tronar el viento desconocido. Se podía definir como la fiesta de la
muerte con once inocentes abordo y un desquiciado
excombatiente tripulando el pájaro. Sin saber donde iban a caer y con solo un calabazo
de agua para todos; llevaban la boca
seca, sin saliva por el estropicio que se escuchaba en la altura desconocida;
se les ventilaba el cerebro entrándoles
el aire por los oídos en forma de ruido y saliéndoles por la boca; el miedo los
llevaba quitecitos; el calabazo llegó lleno, cuando la panela y el pescao frito
son capaces de secar el Magdalena en una siesta de camperos a orillas de Caño
Piedra; no les dio ganas de nada en los cincuenta minutos de vuelo. Cuando llegaron
a tierra, solo se sentían los pies y los zapatos; la barriga la tenían de
concreto y se les había olvidado a todos el instrumento de orinar; tenían las vísceras
en suspensión; era la primera vez que
volaban en tan decrepito andamio suicida. El guayabo se hizo sentir en la
Mochila, y en cifras se pudo notar en el pickup de María Eduarda, que
tradicionalmente consumía cuatro agujas al mes y con la crema de La Mochila por
fuera, quedó gastando dos agujas cada tres meses y mas era lo escuchado de lejos que lo bailado
de cerca; parecía llorar aquella ausencia como mamífero en celo, con lamentos
vallenatos de Alejo y Pacho Rada. La Despedida y la Lira Plateña.
El pequeño avión
los condujo hasta la capital de Arauca, la población de Arauca; allí, cuando se
bajaron del frágil y osado aparato,
hicieron reconocimiento, chistes y se miraron las caras todos entre si y se aceptaron
con una intuitiva pregunta de todos para todos, que les sirvió para aflojarse
las barrigas: “Pa qué lao queda Campo”. Estaban desorientados y alegres porque
el peligro había pasado; no sabían que lo que venia era mas fuerte, y que la tarea aun no había empezado, pero también reconocieron
que estaban lejos y que no llegarían de regreso con sus propias fuerzas físicas en un solo intento
como lo hacían en el rio y el brazuelo.
No sabían donde iban a dormir; la última vez que durmieron cómodos fue en la casa de Dorina Guete Martínez, en Cúcuta.
Se desplazaron por camino de tierra en carro hasta Cravo Norte donde el rio Ele
le entrega sus aguas al rio Casanare; en el ángulo agudo que forman esos dos ríos;
allí estaba el estadio de esta oncena
de camperos osados, que regresaron a sus fiestas de San José, por puro
milagro de la Divina Providencia. Era 19 de marzo, nueve de la mañana cuando en un matorral pantanoso les salió un caimán
sebao, dominante, come gente; de esos que se pasean por el Orinoco en sus
noches de contubernio cuando la luna esta clara; igualito de grande como el que
se comió a Mercedes, mientras Simón Díaz le avisaba el peligro a su amigo. Era
descomunal el animal, se les levanto en las cuatro patas a todos y entre el
silencio y el espanto, se escucho su autoridad. “Soy el rey de estas tierras”. Ángel
Guette decía que lo mataba y el animal lo afrentaba; unos lo gritaban, “cuidado
Ángel con la cola, porque te mata”,
otros le decían que por el frente, de lao no”; eran once contra uno, hasta que
uno de ellos entro en razón y les preguntó, “ustedes no se han dado cuenta que
hoy es 19 de marzo día de San José, por eso yo no quería vení. La vida quedo en
ese animal como tantas veces, para llegar a tan asombroso tamaño; precisamente por esa reflexión se perdonaron
las vidas, pero quedo en ese lugar la incertidumbre
de que el saurio hubiese podido tragárselos a todos en un solo antojo.
Tres meses más
tarde la selección quedo con nueve
hombres, porque Chiquito y José Migue se vinieron; cuenta Jose Migue que trajo un tapón de plata,
cuantificado en once mil pesos, que no
duraron mucho entre El pickup de María Eduarda Marenco, la cantina de Ramón
Saravia y el Teatro San José. El resto del equipo llegó quince meses después,
una semana antes de que el ejército colombiano con la policía nacional entrara al teatro para reclutar hombres nuevos para
el servicio militar. Todos estaban allí dentro, muertos de la risa viendo a
Biruta y Capulina en una reyerta; pero cuando el ejército entró, no quedo ni uno. Todos se escaparon por la ventana del
cuarto de maquinas que tenía ocho metros de altura; El Konko con su sombrero de
cuero y las botas llaneras puestas, le bailó joropo al ejercito y la policía.
Ninguno presto el servicio militar.
El esposo de
Dorina era comerciante de cuero de babilla y esta selección era tan buena que
en una hora agarraban tanta babilla que
el día no les alcanzaba para pelarlas; se encontraban embojotadas y embejucadas
que solo era agarrarlas con el preciso conocimiento y fuerza que amerita este oficio; a eso fueron, fueron
a cazar babilla.
De esta misma
academia deportiva, muchos años antes, salió un escolta presidencial, Rafael Guete Escorcia, quien sirvió en el primer anillo de
seguridad del General Gustavo Rojas Pinilla cuando gobernaba a Colombia con la
Junta Militar. Rafa había superado las pruebas con excelentes calificaciones en
puerto Wilche, Honda, la Dorada, Puerto Berrio
e Ipiales y la de la Sabana de Bogotá,
superando esta ultima como si fuera un Pitirre cazando mosca. Por ser un
caballo, un pescao y un pájaro al mismo tiempo, el destino lo puso en las
puertas del Palacio Nariño. Rafa,
cuidando un palacio sin garras, en las azoteas vecinas con el fusil en el
pecho, se pellizcaba y se preguntaba si era él, y mirando hacia abajo se decía,
“cuando termine este compromiso, a Campo voy a tené”. En realidad era un palacio
presidencial sin garras; el águila de Boyacá aún vivía su vida feliz en sus riscos, y La Casa del vallenato
estaba en el Aire, El Contrabandista aun
no había llegado a su destino y por
supuesto el águila tenia sus garras en las patas, cuyo destino folclórico de Colombia
las puso después en las manos de un patillalero incorregible: Rafael Escalona Martínez.
Rafael Guete
regreso a Campo en tiempo de creciente y se acordó del Roble más grande que
había en la playa; que su dueño, Abel Muñoz nunca se lo quiso vender. Rafa hizo
como Raúl Romero el Hombre Caimán de Plato, se buscó un compañero para no ir
solo; su tío Eugenio Escorcia lo acompañó, se fueron al rio, localizo el
monumental árbol que no se veía, y que además, la corriente ni siquiera lo
había inclinado; Rafa hundió un rato
largo hasta hacer entrar en pánico el tío Eugenio por la demora. Fue una
operación fantástica, Rafa logro arrancar el roble como un palo de yuca; basadandose
en la física elemental de las palancas. Cuando la playa secó, Abel Muñoz le echaba
la culpa al rio y se amalayaba de no haberle
vendido el árbol a Rafa por los trescientos
pesos que le había ofrecido. Rafa duro
mas de cinco años haciendo sillones, repisas,
mesas, puertas y taburetes hasta de raíz de roble, con su tío Eugenio de socio
laboral. Rafa es otro pescao en el agua aun que los jóvenes de hoy no lo crean,
Cocodrilo Dundee le quedó pequeño a la legión
del Poponí; la gente de hoy no se imagina cuantos caimanes se amañaron en las
aguas del Poponí, Perico y Chonco, que mantenían a los caporos alzados en los caulotes.
Rafael Guete
Escorcia estaba al frente en esa posición dentro del ejercito, por el solo
hecho desconocido de que era el mejor
alumno de su tío Eugenio Escorcia quien había estado en el paralelo 38 sin impórtale
sus penas ni interesarle sus glorias; realmente no sabia donde estaba hasta que
escucho al Mayor General Blackshear Brayan, Comandante de la 24 División de Infantería,
a la que estaban adscritas las tropas colombianas, “He combatido en tres
guerras. Pensé que nada me faltaba por ver en el campo del heroísmo y de la
intrepidez humana. ¡Pero me faltaba ver combatir al batallón Colombia!”. Fue una lastima que Brayan se muriera sin
conocer el roble que Rafa le gano a la creciente del rio Magdalena, siendo de
Abel Muñoz.
Todas las
historias están llenas de inverosimilitudes; esta es sana y relata la máxima
experiencia de Eugenio Escorcia en el paralelo 38, cuando en medio de la confusión del combate, llego el
pelotón con hambre, mojados y cansados a una playa; esta historia se la contó
Eugenio a su sobrino, una madrugada cuando se iba por primera vez a prestar el servicio. Se la dijo con
solemnidad, como una oración de aseguranza
divina. “Esa noche llegamos muertos y tres de nosotros nos arrecostamos a una
mata de coco de mas de quince varas de alto, y a las 3.45 hora militar se cayo
un coco y le cayo en la cabeza al
cachaco Patacón que tenia el radio al
lado mío. El soldado tenía el casco metálico puesto, agarramos el coco y lo
pesamos; el coco pesaba 4 kilos 700 gramos; el soldado estaba muerto y el coco aun no ha nacido
porque todavía esta preso, sobrino”. Cuídese. Cuídese.
Esta
crónica fue escrita con el espíritu de la Mochila, para el PANORAMA DEL SUR. Ángel
Thomas no le dio curso, alegando que era muy larga. Ángel no parece que una vez
fue árbitro; se trata solo de once mochileros nada más.
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