martes, 15 de diciembre de 2015







        Selección Dundee de la Mochila Viaja en Avión.

Cada vez mas me convenzo de que los Guete  son Paraujanos y fundaron a Campo de la Cruz en la Mochila; son hombres del agua y del seco, tienen su historia y sus anécdotas bien guardadas como la que les relatare a continuación.
Una de las principales cualidades de la gente nuestra; de la Mochila en especial, es andar, caminar; eso es por excelencia parte de nuestra diversidad. Cada vez mas apartados; antes,  todos los hijos de cada uno de los camperos, se conocían. Ahora no; y es por esta razón que la historia de mi pueblo me ha preocupado y le he dedicado tiempo y espacio en mi existencia. La buena historia es arrullo de la fraternidad; la herramienta para mejorar el mañana……….
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Antes de la segunda guerra mundial, los EE.UU de Norte América, ya estaban intranquilos con la presencia de aviadores alemanes en Colombia;  era un celo por la cercanía con su niño bonito; el Canal de Panamá; esto  hizo  desaparecer la SCADTA, Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, y surgió AVIANCA,  Aerovías Nacionales de Colombia, con pilotos gringos. A finales de esos tiempos  estaba naciendo en Campo de la Cruz, la selección  Dundee de la Mochila, que viajaría en avión por primera vez y hasta ahora la única en su estilo; como paradoja del destino, hacia el Arauca colombiano. Volaron desde la ciudad de Cúcuta  a la población llanera capital de Arauca, todos en el mismo vuelo y contratada la aeronave exclusivamente  para ellos, que iban todos  con el mismo propósito y la misma disciplina. Eran once jugadores sin suplentes, porque  todos eran titulares de la misma marcación; los protagonistas eran de reconocida  categoría profesional en el oficio; por eso el privilegio de gastarles tanto en dicha misión,  cargada toda de riesgo tanto en el aire como en tierra; era una chagua que se jugaba la vida segundo a segundo. Fue una película que se rompió como los rollos de Ramón Saravia, pero que nunca fue rechiflada en el cine como las del Teatro San José de Campo de la Cruz; solo, porque nunca se editó.  Fue una aventura Dundee, que nunca llego a la pantalla grande por falta de visión futurista. Solo hoy día sirve para secar una botella de ron y pasar placenteramente el tiempo  hablando del ayer joven e inocente que vivieron nuestros sobrevivientes próceres en una selva húmeda, amazónica;  esta proeza y  fantástica acción humana, no cubrió en ninguno de sus flancos, las mas mínimas  expectativas de sobrevivencia y seguridad  que se tienen  en cualquier aventura del séptimo arte; la mayoría de sus miembros están vivos y recordando en silencio el  único partido perdido. Es mas divertido escucharlos que ir al cine.  Este documental  solamente lo enlutan; Castillo quien perdió la vida inesperadamente en Sarria Caracas y el Mono de Carmela Cueto que se vino a morir en su Campo, según me lo contó mi hermano querido  Pedro Antonio Rivera, una mañana de remesa en Chacaíto. La alineación jerárquica de este grupo se conformo así:
01)   Miguel Antonio Rodríguez. “El Mono de Carmela Cueto”.
02)   Manuelito Guete, “Hijo de Juan Manuel Guete”.
03)   Ramón Suarez.
04)   Ángel Guete  Domínguez.
05)   Humberto Saravia Arrieta
06)   Elíseo Guete Domínguez “Castillo”. “
07)   Mateo  Saravia Arrieta.
08)   José Rafael Guete Martínez, “José Migue”.
09)   Salvador Guete Martínez, “Chiquito”.
10)   Miguel Antonio Guete Martínez, “El Konko”.
11)   Eugenio Escorcia Pabon.

Todos nacidos en la década del 35 al 45; forjaron su infancia entre  el Poponi, Perico, los Jobitos, Choncho y el Tienta Jopo; entre la molienda, la yuca, la batata, el melón , la patilla, el  mango y la cañadonga; todo vestido de maizal. Eran hombres pescao, en su mayoría adiestrados por El Pájaro Verde que les montó una academia nocturna en la población de Algarrobo porque aún no había comiquitas. No se sabía de Pedro Pica Piedra ni del Chavo, tampoco de Kliman y Arandú. Por eso ésta selección no concibe aún la desaparición de Mecho, en su forma; el finado era otro pescao; hombre de agua. Los cerebros de esta selección eran,  Ramón Suarez el numero diez; el mas adelantado y Ángel  Guete Domínguez el numero nueve; el mas arriesgado. Todos eran nadadores asombrosos, conocedores de perros, burros y caballos; cazadores de iguana y serpientes, reconocidos y extremadamente agiles en la carrera. Era un equipo perfecto, capaz de hacer una fiesta ellos solos y alegrar toda la Mochila con la complicidad del pickup de María Eduarda Marenco; que en servicio era de ellos; se  prendía cuando llegaban y se apagaba cuando se iban; era un automatismo biológico,  aun no había control remoto ni  chip de control; era una generación en plena acción y sin régimen.  Eran los finales del año 66 cuando la Mochila sufrió esta ausencia, toda la crema de la Mochila como dice el Poli; el  de Ninfa Cantillo, estaba de viaje; una  aventura incierta, con mucho riesgo y sin seguro de ninguna categoría. Esta  hazaña  empezó muchos años antes, cuando Dorina Guete Martínez conoció a Rafael Mercado de Sitio Nuevo y se esposo con el. Esto fue una  acción valerosa por donde se mire; hay que ver once camperos abordo en una avioneta destartalada; todos mudos y mirándose el uno al otro, soportando el ruido de dos motores moliendo el aire con sus ciento noventa caballos de fuerza cada uno en la versión Otter con implementos Havilland  Comet  desechado por la Segunda Guerra Mundial, haciendo tronar el viento desconocido. Se podía definir como la fiesta de la muerte con once inocentes  abordo y un desquiciado excombatiente tripulando el pájaro. Sin saber donde iban a caer y con solo un calabazo de agua para todos;  llevaban la boca seca, sin saliva por el estropicio que se escuchaba en la altura desconocida; se  les ventilaba el cerebro entrándoles el aire por los oídos en forma de ruido y saliéndoles por la boca; el miedo los llevaba quitecitos; el calabazo llegó lleno, cuando la panela y el pescao frito son capaces de secar el Magdalena en una siesta de camperos a orillas de Caño Piedra; no les dio ganas de nada en los cincuenta minutos de vuelo. Cuando llegaron a tierra, solo se sentían los pies y los zapatos; la barriga la tenían de concreto y se les había olvidado a todos el instrumento de orinar; tenían las vísceras en suspensión;  era la primera vez que volaban en tan decrepito andamio suicida. El guayabo se hizo sentir en la Mochila, y en cifras se pudo notar en el pickup de María Eduarda, que tradicionalmente consumía cuatro agujas al mes y con la crema de La Mochila por fuera, quedó gastando dos agujas cada tres meses  y mas era lo escuchado de lejos que lo bailado de cerca; parecía llorar aquella ausencia como mamífero en celo, con lamentos vallenatos de Alejo y Pacho Rada. La Despedida y la Lira Plateña.
El pequeño avión los condujo hasta la capital de Arauca, la población de Arauca; allí, cuando se bajaron del frágil y osado  aparato, hicieron reconocimiento, chistes y se miraron las caras todos entre si y se aceptaron con una intuitiva pregunta de todos para todos, que les sirvió para aflojarse las barrigas: “Pa qué lao queda Campo”. Estaban desorientados y alegres porque el peligro había pasado; no sabían que lo que venia era mas  fuerte, y que la tarea aun  no había empezado, pero también reconocieron que estaban lejos y que no llegarían de regreso  con sus propias fuerzas físicas en un solo intento como lo hacían en el  rio y el brazuelo. No sabían donde iban a dormir; la última vez que durmieron cómodos  fue en la casa de Dorina Guete Martínez, en Cúcuta. Se desplazaron por camino de tierra en carro hasta Cravo Norte donde el rio Ele le entrega sus aguas al rio Casanare; en el ángulo agudo que forman esos dos ríos; allí estaba  el estadio de esta  oncena  de camperos osados, que regresaron a sus fiestas de San José, por puro milagro de la Divina Providencia. Era 19 de marzo, nueve de la mañana  cuando en un matorral pantanoso les salió un caimán sebao, dominante, come gente; de esos que se pasean por el Orinoco en sus noches de contubernio cuando la luna esta clara; igualito de grande como el que se comió a Mercedes, mientras Simón Díaz le avisaba el peligro a su amigo. Era descomunal el animal, se les levanto en las cuatro patas a todos y entre el silencio y el espanto, se escucho su autoridad. “Soy el rey de estas tierras”. Ángel Guette decía que lo mataba y el animal lo afrentaba; unos lo gritaban, “cuidado Ángel  con la cola, porque te mata”, otros le decían que por el frente, de lao no”; eran once contra uno, hasta que uno de ellos entro en razón y les preguntó, “ustedes no se han dado cuenta que hoy es 19 de marzo día de San José, por eso yo no quería vení. La vida quedo en ese animal como tantas veces, para llegar a tan asombroso tamaño;  precisamente por esa reflexión se perdonaron las vidas, pero quedo en ese  lugar la incertidumbre de que el saurio  hubiese  podido tragárselos a todos en un solo antojo.
Tres meses más tarde la selección quedo  con nueve hombres, porque Chiquito y José Migue se vinieron; cuenta Jose  Migue que trajo un tapón de plata, cuantificado en once mil pesos,  que no duraron mucho entre El pickup de María Eduarda Marenco, la cantina de Ramón Saravia y el Teatro San José. El resto del equipo llegó quince meses después, una semana antes de que el ejército colombiano con la policía nacional entrara  al teatro para reclutar hombres nuevos para el servicio militar. Todos estaban allí dentro, muertos de la risa viendo a Biruta y Capulina en una reyerta; pero cuando el ejército entró, no quedo  ni uno. Todos se escaparon por la ventana del cuarto de maquinas que tenía ocho metros de altura; El Konko con su sombrero de cuero y las botas llaneras puestas, le bailó joropo al ejercito y la policía. Ninguno presto el servicio militar.
El esposo de Dorina era comerciante de cuero de babilla y esta selección era tan buena que en  una hora agarraban tanta babilla que el día no les alcanzaba para pelarlas; se encontraban embojotadas y embejucadas que solo era agarrarlas con el preciso conocimiento y fuerza  que amerita este oficio; a eso fueron, fueron a cazar babilla.

De esta misma academia deportiva, muchos años antes, salió un escolta presidencial, Rafael Guete  Escorcia, quien sirvió en el primer anillo de seguridad del General Gustavo Rojas Pinilla cuando gobernaba a Colombia con la Junta Militar. Rafa había superado las pruebas con excelentes calificaciones en puerto Wilche, Honda, la Dorada, Puerto Berrio  e Ipiales y la de la Sabana de Bogotá,  superando esta ultima como si fuera un Pitirre cazando mosca. Por ser un caballo, un pescao y un pájaro al mismo tiempo, el destino lo puso en las puertas  del Palacio Nariño. Rafa, cuidando un palacio sin garras, en las azoteas vecinas con el fusil en el pecho, se pellizcaba y se preguntaba si era él, y mirando hacia abajo se decía, “cuando termine este compromiso, a Campo voy a tené”. En realidad era un palacio presidencial sin garras; el águila de Boyacá aún vivía su vida  feliz en sus riscos, y La Casa del vallenato estaba en el Aire, El Contrabandista  aun no había llegado a su destino  y por supuesto el águila tenia sus garras en las patas, cuyo destino folclórico de Colombia las puso después en las manos de un patillalero incorregible: Rafael Escalona Martínez.
Rafael Guete regreso a Campo en tiempo de creciente y se acordó del Roble más grande que había en la playa; que su dueño, Abel Muñoz nunca se lo quiso vender. Rafa hizo como Raúl Romero el Hombre Caimán de Plato, se buscó un compañero para no ir solo; su tío Eugenio Escorcia lo acompañó, se fueron al rio, localizo el monumental árbol que no se veía, y que además, la corriente ni siquiera lo había inclinado; Rafa  hundió un rato largo hasta hacer entrar en pánico el tío Eugenio por la demora. Fue una operación fantástica, Rafa logro arrancar el roble como un palo de yuca; basadandose en la física elemental de las palancas. Cuando la playa secó, Abel Muñoz le echaba la culpa al rio y se amalayaba de no haberle  vendido el árbol a Rafa por  los trescientos pesos que le había ofrecido.  Rafa duro mas de cinco  años haciendo sillones, repisas, mesas, puertas y taburetes hasta de raíz de roble, con su tío Eugenio de socio laboral. Rafa es otro pescao en el agua aun que los jóvenes de hoy no lo crean, Cocodrilo Dundee le quedó  pequeño a la legión del Poponí; la gente de hoy no se imagina cuantos caimanes se amañaron en las aguas del Poponí, Perico y Chonco, que mantenían a los caporos alzados en los caulotes.
Rafael Guete Escorcia estaba al frente en esa posición dentro del ejercito, por el solo hecho desconocido  de que era el mejor alumno de su tío Eugenio Escorcia quien había estado en el paralelo 38 sin impórtale sus penas ni interesarle sus glorias; realmente no sabia donde estaba hasta que escucho al Mayor General  Blackshear  Brayan, Comandante de la 24 División de Infantería, a la que estaban adscritas las tropas colombianas, “He combatido en tres guerras. Pensé que nada me faltaba por ver en el campo del heroísmo y de la intrepidez humana. ¡Pero me faltaba ver combatir al batallón Colombia!”.  Fue una lastima que Brayan se muriera sin conocer el roble que Rafa le gano a la creciente del rio Magdalena, siendo de Abel Muñoz.
Todas las historias están llenas de inverosimilitudes; esta es sana y relata la máxima experiencia de Eugenio Escorcia en el paralelo 38, cuando  en medio de la confusión del combate, llego el pelotón con hambre, mojados y cansados a una playa; esta historia se la contó Eugenio a su sobrino, una madrugada  cuando se iba por primera vez  a prestar el servicio. Se la dijo con solemnidad,  como una oración de aseguranza divina. “Esa noche llegamos muertos y tres de nosotros nos arrecostamos a una mata de coco de mas de quince varas de alto, y a las 3.45 hora militar se cayo un  coco y le cayo en la cabeza al cachaco Patacón que tenia el radio  al lado mío. El soldado tenía el casco metálico puesto, agarramos el coco y lo pesamos; el coco pesaba 4 kilos 700 gramos; el soldado  estaba muerto y el coco aun no ha nacido porque  todavía  esta preso, sobrino”. Cuídese. Cuídese.


Esta crónica fue escrita con el espíritu de la Mochila, para el PANORAMA DEL SUR. Ángel Thomas no le dio curso, alegando que era muy larga. Ángel no parece que una vez fue árbitro; se trata solo de once mochileros nada más.

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